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Revista digital del IES Las Lagunas

El poder de mitificación del nacionalismo

 

Factores como la globalización o el rápido desarrollo tecnológico, sin duda acontecimientos socioculturales característicos del siglo XXI, representan retos a los que la humanidad jamás, y a tal nivel, se ha enfrentado. Destaca también en este nuevo tiempo un imperante pensamiento consumista e individualista, heredado de un modo de vida acomodado surgido a finales del siglo anterior. Incluso la aparición de nuevas plataformas digitales como las redes sociales, de gran influencia en la juventud, afectan a nuestra realidad como nunca antes podríamos haber imaginado. Somos así partícipes de lo que nos parece un nuevo mundo, singular por la fácil disponibilidad de información y conocimientos, y su redifusión por todo el orbe. Así nace una nueva concepción de la realidad del mundo que le confiere un carácter de globalidad y apertura. Una nueva imagen que suscita a la participación en la vida y la cultura pública y política, con novedosas manifestaciones de esta que cada vez se extienden más (principalmente entre la juventud), como puede ser el activismo social.

Sin embargo, y aunque en un primer momento pueda resultar paradójico cuando hablamos del mundo más global jamás existido, esta nueva etapa también está marcada por la reaparición de un viejo fantasma; que es precisamente el resurgimiento de un mito que ya creíamos extinto. Un mito poderoso cuyas consecuencias son nefastas, y cuyas causas, son complejas pero dignas de estudio y reflexión para aquellos que pretendan evitar caer en él. Se trata de la mitificación de la nación, con sus terribles consecuencias y el desarrollo de la capacidad crítica de los individuos como único medio para evitarlo.

Hace ya 25 años, el expresidente de la República Francesa François Mitterrand, ante un abarrotado Parlamento Europeo, alertó a los líderes y diputados del Viejo Continente sobre las consecuencias del nacionalismo que él mismo pudo experimentar, con la célebre frase que pasaría a formar parte de los anales de la historia política europea: “El nacionalismo, es la guerra”. El orador, con un semblante firme y serio, ocultó en estas palabras toda una reflexión sobre las causas y el origen que dan lugar al nacionalismo desde una perspectiva política, ética y antropológica.

Como punto de partida, el ser humano entiende generalmente a la nación como una comunidad de la que deriva un Estado como forma de organización, y que comparte una cultura, un idioma y una historia en común. Y, especialmente, es esa relación histórica común la que genera en el individuo miembro de la comunidad nacional un sentimiento de permanencia e identidad propia.

Sin embargo, el gran error en torno a la cuestión nacional radica en el problema que encarna el hecho diferenciador. Desde un punto de vista antropológico, observamos cómo el ser humano ha tenido que lidiar, desde los inicios de la socialización en épocas primitivas, con el dilema que supone tener una personalidad, capacidades (ya sean sociales, intelectuales, económicas, etc…), cualidades y gustos particulares e individuales; y al mismo tiempo convivir con otros seres humanos con otras diferentes.

Este es por tanto, el problema que surge ante la coexistencia de las particularidades del yo frente a las particularidades del otro. El dilema de la diferencia.

Y como respuesta a esto, en la inmensa mayoría de casos, el individuo ha tendido a crear grupos sociales claramente diferenciados según esas características previamente mencionadas. Ya vemos como en el siglo IV a.C., Platón, con una visión eugenésica, establecía diferentes tipos de ciudadano según su alma predominante (apetitiva, irascible y racional), al que destina a una función social en la Polis, en su búsqueda de la Ciudad Ideal. También aparecen así los estamentos sociales, que posteriormente derivarían en clases sociales según la filosofía marxista.

Pero por otro lado, han surgido otros elementos diferenciadores, de carácter más artificial, por los que cada individuo asocia con su propia identidad particular una característica de tipo social. Los primeros filósofos ya se agruparon en corrientes según su pensamiento, y los grandes artistas remarcaban el hecho diferencial que supone pertenecer a una corriente artística o a otra, si es que dos surgían simultáneamente.

Si recurrimos a ejemplos actuales, observamos que la mayoría de personas se identifican con ciertos elementos como pueden ser la ideología o, incluso el fútbol.

¿Cómo es posible, entonces, que la diferencia genere tanta discordia? La respuesta está en el significado que el ser humano le da a esta. Hasta el día de hoy, el hecho diferencial ha traído enfrentamiento porque el ser humano ha confundido la diferencia con división. Al tomar esta actitud, se adquiere como hecho diferenciador frente al otro las propias particularidades, que son exaltadas; y más aún, se olvida y anula el rasgo común entre todos los seres humanos, que es su propia humanidad, cuya evocación lleva a la defensa de los derechos de todos los individuos y el respeto por el pluralismo en convivencia. El problema, por tanto, no reside en la diferencia (inevitable por nuestra condición humana), sino en una no-aceptación o rechazo de ésta.

El nacionalismo, retomando así el tema principal, no es otra cosa más que un tipo de exaltación del hecho diferencial; que en este caso es la pertenencia a la nación o identidad nacional. Y esta exaltación, evidentemente irracional, suele venir por dos causas. La primera es el miedo a la diferencia, a partir de una actitud hermética. El individuo, que comparte unas características con otros (identidad nacional o raza) se agrupa, alentando al resto de población que comparte esas características a unirse al colectivo frente a aquellos que no las poseen (inmigrantes, personas racializadas), contra los que se atiza con un mensaje de miedo y rechazo. Surge así el nacionalismo xenófobo, caracterizado por frases ahora tan comunes en algunos líderes políticos occidentales como “Los inmigrantes vienen a robarnos el trabajo”.

Por otro lado, y de naturaleza mucho más compleja, ligada a la propia identidad del individuo, aparece el nacionalismo que aparece a raíz de la necesidad de un sentimiento de pertenencia a la nación. Cuando un individuo no se ve con la autoestima suficiente como para reivindicar su propia identidad personal por vacíos o lagunas en ésta, necesita recurrir a la identidad nacional. El proceso es similar al que se da con los dogmatismos; se sustituye el espíritu crítico (que permite el desarrollo personal e intelectual del individuo) por la doctrina correspondiente (el hecho religioso, la superioridad de la nación…) De tal manera, la pertenencia a una nación, y la reivindicación de ésta y de su superioridad sobre el resto, representan un medio para paliar complejos personales y reafirmar la identidad personal.

He aquí el poder de mitificación de nacionalismo; la propagación del mito que lleva al ser humano a creer que adopta un estatus diferente por su pertenencia a la comunidad. Una actitud que posee sus propios rasgos míticos, como la figura del héroe nacional: un personaje histórico que se desvirtúa para mostrarlo como referente a seguir, o la utilización de hazañas nacionales: hechos históricos expuestos con poca rigurosidad con tal de añadir una denotación heroica (como diría Unamuno, “el nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia”).

El nacionalismo, por su propia razón de ser, trae consigo discordia y enfrentamiento siempre, ya que, anulando el principio de igualdad entre todos los seres humanos, diferencia entre individuos según su origen nacional. En las democracias liberales, el nacionalismo diferencia entre ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, lo que genera una fuerte fragmentación social, y una polarización, que dificulta el desarrollo de un pueblo en convivencia, progreso y libertad. Tómese en cuenta que las dos guerras más sanguinarias de la historia reciente de la humanidad (I y II Guerra Mundial) fueron fruto del auge de los nacionalismos en Europa, y a pesar de la creación de instituciones como la Unión Europea tras la segunda contienda con el objetivo (entre otros) de no volver a caer en las mismas tragedias, el nacionalismo sigue a día de hoy amenazando con acabar el presente periodo de paz, impidiendo el avance y progreso de las naciones en convivencia. Ya de este hecho se dio cuenta el Nobel en literatura Albert Camus, que denunció la incompatibilidad entre el compromiso social y el nacionalismo. (“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista”).

¿Cómo podemos, por tanto, hacer frente a este mito? La respuesta se halla en los filósofos antiguos: con el logos. Sólo si mantenemos una postura sólida de racionalidad y espíritu crítico, podremos desarticular los sofismas del fundamentalismo nacionalista. Y, sin duda, la mejor manera de prevención radica en la educación; para Rousseau, el vehículo de transformación de la sociedad; para Aristóteles, la paideía, es decir, la formación integral del ser humano en la comunidad política. A través de ésta, en primer lugar, se deben inculcar los valores que salvaguardan nuestra libertad e igualdad, esto es, los valores humanistas; de respeto, tolerancia y derechos humanos, que coloquen al ser humano y su dignidad, y no a la nación o la raza, en el centro de la enseñanza. Por otro lado, la educación debe fomentar desde edades tempranas el desarrollo del espíritu crítico y la capacidad racional en el alumno. Sólo una persona que haya asentado bien sus ideas y creencias a través de un profundo desarrollo intelectual y racional, no se verá obligada a recurrir a la identidad nacional para reafirmar la suya propia. La educación juega así un papel extremadamente importante, pues una mente educada para ser crítica y racional no corre el riego de caer en el mito, en el engaño. La educación, por tanto, es la única forma de redimir los grandes errores del desgraciadamente muy oscuro pasado de la humanidad y evitar la tragedia en un futuro muy incierto.

Jesús Martínez Caballero

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