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Revista digital del IES Las Lagunas

La historia de Paris

INTRODUCCIÓN

 

Los mitos nos cuentan de una forma simbólica las historias de personajes extraordinarios cuyas actuaciones son  ejemplo y enseñanza para quienes  ya no pueden participar del  pasado glorioso en que se desarrollaron aquellas aventuras.

Los mitos griegos  tienen además la peculiaridad de no estar incluidos en un libro sagrado por lo que, a lo largo de toda la historia, se han reinterpretado en el arte, la literatura y otros campos del saber como un código bien conocido por todos.

Los trabajos realizados por los alumnos de Griego de primero de Bachillerato son una pequeña reflexión sobre los personajes, dioses y hombres,  que participaron en la guerra de Troya. A veces se han alterado algunos detalles, pero no se ha perdido su esencia, pues salvando las distancias, los mitos nos cuentan historias profundamente humanas. 

 

 paris

 

Mi nombre es Paris, bueno, aunque también me llaman Alejandro. Soy hijo de Príamo y de Hécuba, reyes de Troya. Mis padres me abandonaron nada más nacer debido a que mi madre tuvo un sueño en el que ardería Troya y mi hermanastro les aconsejó que me dejaran en el bosque. Agelao, un criado de mis padres me llevó al Monte Ida donde iba a ser abandonado, pero en el último momento se sintió culpable y decidió cuidarme como si fuera un hijo.

     En el bosque conocí una ninfa muy bella llamada, Enone, de la cual me enamoré y estuve varios años con ella. Pero todo se acabó cuando Hermes, el dios mensajero, me hizo llegar un mensaje según el cual tenía que elegir a la diosa más bella. Le pregunté que por qué tenía que elegir yo, pero solo me dijo que así lo había decidido Zeus. Resignado y con un poco de temor me dirigí al punto donde me había citado Hermes. Cuando llegué  me encontré a las tres diosas: Hera, Atenea y Afrodita. Cada una de ellas me prometió una cosa a cambio de que la eligiera. Finalmente me decanté por Afrodita ya que me había prometido entregarme a Helena, la mujer más bella de la tierra, aunque luego mi decisión desencadenaría la Guerra de Troya.

    Tomada mi decisión decidí partir a la ciudad para obtener mi recompensa: la mujer que más deseaba, Helena. Cuando llegué a Troya fui muy bien recibido, pues dije que era hijo del rey Príamo. Una vez dentro de palacio me reuní con mi padre y este me dijo que debía de ir a Grecia, pues  tanto Menelao como mi padre estaban intentando estrechar relaciones por intereses comerciales, ya que Troya está en una posición comercial perfecta. A mí me parecía una gran oportunidad de conquistar a Helena y además “como tenía la ayuda de la diosa Afrodita” me resultaría más fácil. Acepté la propuesta de mi padre y al día siguiente emprendimos el viaje hacia Grecia.

    Durante los siguientes dos años, que es lo que tardamos en llegar a Grecia, me había estado imaginando cómo sería Helena en persona. ¿Sería amable o antipática? ¿Igual de bella que me la había imaginado o más todavía? Pero sobre todo pensaba en una cosa ¿aceptaría venirse conmigo a Troya? Era difícil ya que era la mujer de Menelao, rey de Grecia, y no iba precisamente allí para enemistar a Grecia y Troya sino todo lo contrario, pero, claro, si Helena se enamoraba de mí, él no podría hacer nada, debería aceptarlo.

    Llegamos a palacio y enseguida me reuní con Menelao, un hombre viejo y la verdad que poco atractivo. Enseguida pensé que cómo podía Helena haberse casado con él. Terminada la reunión salí fuera a tomar un poco el aire, pues la reunión se había alargado más de lo previsto. Entonces fue cuando vi a Helena, iba vestida con un vestido blanco precioso que combinaba a las mil maravillas con su piel pálida y su cabellera rubia que le llegaba más o menos a la altura de los hombros. Era más hermosa de lo que había imaginado. Sin dudarlo un instante fui hacia ella, que se encontraba regando unas flores del jardín. Le toqué un hombro suavemente y ella se asustó, le pedí perdón enseguida, pues no era mi intención asustarla. Cuando se giró me clavó la mirada, aquellos ojos color esmeralda eran los más bonitos que había visto jamás. Después de varios segundos en los que ninguno decía nada, decidí presentarme. Ella me invitó a pasar dentro, pues ya era de noche y empezaba a hacer frío. Tras varias horas charlando en su habitación, un criado de Menelao entró y le informó de que su esposo iba a emprender un viaje que duraría un par de semanas. Helena se despidió de mí y acto seguido me fui a mis aposentos, aquella noche había sido la mejor de mi vida.

    A la mañana siguiente bajé a desayunar al salón del palacio donde se encontraba Helena con un largo camisón de seda. Nada más verla se me iluminó la cara al igual que le pasó a ella. Vino hacia mí corriendo. Y nuestros labios se juntaron, fue el beso que más disfruté en toda mi vida. Enseguida le dije que se viniera a Troya conmigo y no tardó ni dos segundos en aceptar y subir hacia su habitación para coger sus cosas. Una vez solo en el salón, Afrodita se me apareció y me dijo que ya no estaban en deuda, yo le di las gracias y su imagen se esfumó cuando Helena bajaba las escaleras. Aquella noche partimos a Troya, aprovechando que Menelao no estaba.

    Pasaron otros dos años hasta que llegamos a Troya y nada más llegar mi padre me informó de la declaración de guerra que había enviado Menelao. No me lo podía creer, aunque sabía que lo que habíamos hecho Helena y yo tendría consecuencias, nunca imaginé que sería una guerra.

    Durante los siguientes diez años estuve luchando contra los griegos, aunque mi padre no quería, pues decía que no estaba preparado, pero yo debí ir ya que Aquiles, el guerrero más fuerte de Grecia, había matado a mi hermano Héctor. Quería venganza y la conseguí. Una tarde los griegos hicieron un regalo para los troyanos, un caballo de madera enorme con el cual querían sellar la paz, pero en realidad era una estrategia para destruir Troya, matar al ejército troyano y esclavizar a las mujeres y los niños. Y así sucedió, una vez entrada la noche los griegos salieron del caballo y atacaron la ciudad. Era horrible. Miles de personas yacían en el suelo agonizando o sin vida. Yo recorría las calles en dirección al palacio, donde estaba Helena, debía asegurarme de que estaba bien. De camino me encontré con Aquiles, nos desafiamos con la mirada y el lanzó un cuchillo hacia mí. Lo esquivé. Y acto seguido le lancé una flecha con dirección a su talón, pues había oído que era su punto débil. La flecha le dio y segundos después  Aquiles yacía muerto sobre el suelo, pero no me paré a contemplarle ya que debía de ir en busca de Helena. Una vez llegué a palacio  fui directo a su habitación y la encontré escondida debajo de la cama. Le expliqué lo que sucedía y nos marchamos de la ciudad.

    Estuvimos varios meses sin vivir en un lugar fijo, hasta que encontramos una aldea humilde donde fuimos muy bien recibidos. Un año después de instalarnos en la aldea, tuvimos a nuestro hijo Alcides. Formamos una familia y hoy en día Helena y yo seguimos igual de enamorados que cuando nos vimos por primera vez en aquel jardín.

Paula Asencio

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