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Revista digital del IES Las Lagunas

Apocalipsis

sonar zombies de lejos 

 

Los relatos de muertos vivientes son siempre populares entre los jóvenes que disfrutan con esos seres que pueblan sus pesadillas más aterradoras. Para ilustrar cómo la narrativa de tintes góticos, armas nucleares y días de instituto se pueden combinar en un solo relato, aquí os ofrecemos una muestra de esa narrativa basada en estos tres elementos.

Un diario, que se dilata a lo largo de veintiséis años, sirve para recrear un panorama visionario en el que la muerte y la destrucción entre seres humanos, no tiene punto final, sino que, como en un bucle, se repite y se repite y se repite…

¿Sueño o visión de futuro? Tan sólo una recreación de la APOCALIPSIS con tintes modernos y juveniles, pero sin trompetas del Juicio Final ni arcángeles de cuerpos traslúcidos y brillantes.

 

 

APOCALIPSIS

01 de diciembre de 2040.

Hace 26 años, el 01 de diciembre de 2014 día sucedió algo terrible: una bomba bacteriológica asoló Rivas, causando terribles consecuencias. Los campos fueron destruidos, ennegrecidas aguas, los animales y los seres humanos se transformaron en seres extraños que devoraban a los supervivientes.

Mi nombre es David Franco y junto con mi compañero Álex, sobrevivimos en esta ciudad caótica.

 

01 de diciembre de 2014 - Hora.12: 45

Era por la mañana y yo estaba en la clase de matemáticas, adormilado. De repente un ruido ensordecedor se escuchó. Todos corrimos hacia la ventana para ver qué pasaba, pero todo lo que vi fue una enorme nube de color amarillo que se dirigía hacia nosotros. Al verla, corrí a avisar a mis tres compañeros de clase más conocidos y corrimos por el pasillo. No pudimos abrir la puerta de la calle, pero lo vimos como una muerte segura. Nos fuimos y nos refugiamos en el gimnasio, ya que estaba vacío, cuando Fran, Ángel, Cristóbal y yo nos encontramos dentro a Álex. Hablamos con él, y nos dijo que había tenido la misma idea que nosotros. Ángel se ofreció a salir y ver si al final había pasado algo, pero tratamos de convencerle para que no saliera. Al final lo dejamos ir. Al salir, la nube se tragó a Ángel y cerramos la puerta a toda velocidad.

 

Hora.13: 00

Había pasado un tiempo desde la desaparición de Ángel en la nube y en ese momento escuchamos un ruido que provenía del otro lado de la puerta. Nos acercamos con cautela a la puerta. Cristóbal estaba armado con un pedazo de madera que había conseguido al romper uno de los bancos. Al abrir la puerta, vimos Ángel transformado en una especie de zombi de cuya boca rezumaba sangre. Al vernos, se abalanzó hacia mí, pero, por suerte, pude rechazarlo de una patada y, mientras Ángel estaba aturdido por la caída, Cristóbal le ensartó con el trozo de madera y lo mató.

 

Hora.13: 10

Finalmente decidimos irnos. Cuando se disipó la nube, improvisamos un ataúd con unas combas y un banco del gimnasio para poder llevarnos a Ángel para enterrarlo después. Dejando atrás el gimnasio, entramos en silencio en el vestíbulo. Por los pasillos se perdían los ruidos de alumnos y profesores transformados. Abrimos la puerta con cuidado para que no se nos escuchara, y al llegar al aparcamiento pensamos en coger prestado uno de los coches de los profesores. Nos decidimos por el coche de Felipe y nos alejamos de ese lugar. Pasamos por una tienda de armas para prepararnos. Álex tomó dos espadas y una pistola; Fran tomó una ametralladora pesada y explosivos; Cristóbal tomó un hacha y dos rifles y yo cogí una katana, un rifle de francotirador y una escopeta. Cuando terminamos de prepararnos, fuimos a la Laguna del Campillo para enterrar a Ángel como se merecía.

 

Hora.14: 20

Pensamos en quedarnos allí a comer y a estudiar cómo íbamos a hacer frente a este problema, y pronto decidimos inspeccionar la ciudad en busca de algún superviviente más. Nos dividimos en dos grupos: Álex y yo, y el otro equipo de Fran y Cristóbal. Nos comunicábamos a través de un transmisor que encontramos en el bosque, que habían perdido unos excursionistas que se habían transformado después de la explosión.

 

28 diciembre de 2014 - Hora. 16:30

Había pasado casi un mes y mi grupo no había encontrado a nadie. Hacía mucho tiempo que no recibíamos noticias del otro, así que decidimos advertirles, por lo que nos íbamos a reunir para celebrar el Año Nuevo.

Estábamos en la biblioteca de Rivas. Allí no solía haber muchos “Transformados”, así que entre Álex y yo la limpiamos rápidamente. Al terminar, Cristóbal llegó sólo con una bolsa en la espalda con algo dentro, y pensamos que no podía ser verdad. Cristóbal, con los ojos llenos de lágrimas, dejó la bolsa en el suelo. Al abrir la bolsa lo vimos; allí estaba el cadáver decapitado de Fran, inerte.

Cristóbal nos dijo que, mientras hacían la búsqueda de personas en los pisos del barrio de la Luna, surgió de un mueble un transformado que estaba en el suelo y mordió a Fran. Después de unos días toda la piel de alrededor de la herida se puso en negra y contaba que le entraban ataques epilépticos hasta que un día que estaban descansando en uno de los pisos, Fran se empezó a retorcer de dolor y, cuando Cristóbal acudió en su ayuda, ya era tarde. Fran era uno de ellos e intentó atacar a Cristóbal, quien, por suerte, fue capaz de reaccionar a tiempo y cortarle la cabeza con el hacha.

 

Hora. 23: 45

Cuando terminamos de escuchar la historia, decidimos volver al mismo lugar donde habíamos enterrado previamente a Ángel y sepultamos a Fran a su lado. Más tarde volvimos a la biblioteca. Después de aquello no teníamos muchas ganas de celebrar nada, así que, en vez de celebrarlo con doce uvas, las celebramos con doce tiros. Nos subimos a la azotea y puse mi rifle de francotirador en un lugar desde el que disparar bien, así que nos turnábamos para disparar a doce “transformados” cada uno en honor de Fran y Ángel. Así fue todo: cumplimos con los doce.

 

Hora. 00: 15

Después de esa extraña celebración, nos fuimos a dormir a la sala de la biblioteca.

 

Hora. 10: 30

A la mañana siguiente, nos despertamos rodeados de soldados armados que nos estaban apuntando. Nos llevaron a un camión y no respondieron a ninguna de nuestras preguntas. Fuimos a un extraño complejo subterráneo, que está al lado de la Cañada Real, y nos metieron en una cámara llena de “Transformados” muertos. Oímos algo de que iban a matarnos. Afortunadamente, Cristóbal había salvado uno de los explosivos del cadáver de Fran antes de que lo enterraran. Cristóbal pegó el explosivo a una de las paredes y lo activo. Al pulsar un botón el explosivo abrió una enorme brecha en la pared y algunas alarmas se dispararon. Corrimos por los pasillos hasta que llegamos a una habitación donde estaban nuestras armas, las cogimos y salimos de allí, pero cuando estábamos a punto de salir, apareció un pelotón de soldados que intentaron detenernos y rodearnos. Después de haber terminado con algunos de ellos, empezamos a correr hacia Rivas, pero a punto de llegar, Cristóbal recibió un disparo en el centro de la cabeza que lo mató.

 

Hora. 11: 30

Volvimos por tercera vez al lugar donde fueron enterrados Fran y Ángel y, llenos de dolor, sepultamos a Cristóbal. Álex y yo pensamos qué iba a ser de nosotros ahora que estábamos solos en esta ciudad apocalíptica, porque no sabíamos qué hacer.

 

01 de diciembre de 2032-Hora.16.30

Habían pasado dieciocho años desde el día de los hechos y Álex y yo ya tenemos treinta y dos años. Hemos terminado de limpiar de transformados algunas calles de Rivas y al final regresamos a donde todo comenzó: el Instituto. Yo cogí una lata de gasolina y un mechero y nos dirigimos hacia él. Entramos en el vestíbulo en silencio; fuimos de la primera a la tercera planta para limpiarlas de “transformados” y luego llegamos al patio, al salón de actos y al gimnasio, que nos trajo muchos recuerdos de lo que pasó. Todavía, en el suelo, había sangre Ángel y algunas astillas de madera del banco que se rompió. Al vaciar todo de transformados, fuimos a la sala de profesores, a la que todos los maestros fueron después de la transformación; rompimos la puerta de una patada y, a base de disparos y espadazos la vaciamos de profesores, aunque lloramos la muerte de algunos de ellos.

 

Hora. 18: 00

Hicimos una montaña con todos los cadáveres de profesores y alumnos en la pista de fútbol, pero mientras lo estábamos haciendo, nos dimos cuenta de que le faltaba uno, Ignacio de Física y Química. Le dije a Álex que continuara acumulando cadáveres, al tiempo que yo lo buscaba. Me fui al laboratorio y lo encontré bebiendo productos químicos. Primero me amenazó dando un grito ensordecedor mientras escupía sangre y después se lanzó hacia mí. Desenfundé mi katana y le partí el cuerpo en dos. Después me llevé su cadáver para echarlo a la montaña que Álex había terminado, vacié el bote de gasolina dentro y le prendí fuego como al resto de los muertos de la ciudad. En unos minutos la montaña estaba en llamas y así los transformados no se extenderían si alguien pasaba por allí.

 

Hora. 18:40

Terminamos de ver cómo ardía la montaña sin decir palabra, ya que sabíamos que, si decíamos algo, romperíamos a llorar. Nuestras casas, familias, amigos, todo lo que teníamos había quedado hecho añicos y sin saber quién era el responsable de ello.

Álex se levantó y las lágrimas empezaron a correr por su cara por lo que yo me tuve que contener para no llorar también. Álex salió corriendo, le perseguí hasta donde pude, pero hubo un momento en que lo perdí de vista. Por los pasillos sólo se oía su llanto haciendo eco entre las paredes, por las clases manchadas de sangre. Después de buscarle durante un rato, lo encontré sentado, llorando frente a su móvil que, cuando me acerqué, vi que estaba mostrando una foto de Cristóbal, Fran, Ángel, Álex y yo juntos. Me contó que los echaba mucho de menos a todos. Decía que le daba mucha pena lo que le había pasado a la ciudad. En ese momento yo le hice la promesa de que encontraríamos a los que lo habían hecho y le haríamos pagar por lo ocurrido.

 

Hora. 19:20

Fuimos a la tienda de la cual habíamos sacado las armas hace dieciocho años atrás y pudimos reabastecernos de todo y coger algunas cosas nuevas como granadas, lanzamisiles, cuerdas, chalecos antibalas y algún traje antidisturbios de la comisaria. Emprendimos el camino hacia la base militar donde murió Cristóbal para comprobar si sabían algo.

 

Hora. 20:00

El sol se ponía en el horizonte mientras nos acercábamos a aquel lugar salido de las mismísimas entrañas del infierno. Según nos acercábamos, se notaba en el aire el olor de los cuerpos de los soldados que matamos el día anterior en plena putrefacción.

Allí estaba un campo repleto de cadáveres y un agujero que llevaba al interior de la base. El olor era insoportable, pero no más que los recuerdos. Álex me tiró al suelo y me susurró que agachara la cabeza, porque delante del agujero. Resguardado en las sombras, había un grupo de militares en un nido de ametralladora que disparaban a cualquier cosa que se atreviera a moverse por esos alrededores.

Álex sacó una granada de su mochila y consiguió colarla dentro del nido, haciendo volar en pedazos a los militares que allí estaban, aunque hizo mucho ruido. Según llegaban los soldados, los íbamos haciendo retroceder, e iban cayendo uno a uno hasta que, al final, sólo se oía una voz que decía: “Vienen a por el sargento. ¡Escondedlo en la cámara blindada!”.

Llegamos hasta la cámara bajando unas escaleras de caracol y allí nos encontramos con un portón descomunal de acero y, desde una ventana antibalas estaba el sargento riéndose, pero lo que él no sabía es que no podía pararnos. Pegamos explosivos en la puerta hasta rodearla. El sargento empezó a sudar mucho y dijo:

-          Si hacéis eso, vosotros también moriréis.

Lo que él no sabía es que a nosotros no nos daba miedo la muerte. Al ver que no nos inmutábamos, se acercó al portón y ordenó que lo abrieran. Al entrar, matamos a los soldados que lo acompañaban. Conseguimos que el sargento nos contara quién había hecho todo esto, y solo nos dijo un nombre: John Bush. Álex y yo estábamos desconcertados: John Bush, el antiguo Presidente de Estados Unidos.

 

Hora. 20:30

Obligamos a subir al sargento a una silla, le atamos una cuerda al cuello y, antes de salir, íbamos a empujar la silla, pero el sargento dijo:

-          Espero que lo encontréis.

Al salir de la base, nos encontramos con un ejército de soldados, helicópteros y tanques. La derrota y la muerte se cernían sobre nosotros.

 

David Franco Acero.

 

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