LLMAGAZINE

Revista digital del IES Las Lagunas

La historia de Paris

INTRODUCCIÓN

 

Los mitos nos cuentan de una forma simbólica las historias de personajes extraordinarios cuyas actuaciones son  ejemplo y enseñanza para quienes  ya no pueden participar del  pasado glorioso en que se desarrollaron aquellas aventuras.

Los mitos griegos  tienen además la peculiaridad de no estar incluidos en un libro sagrado por lo que, a lo largo de toda la historia, se han reinterpretado en el arte, la literatura y otros campos del saber como un código bien conocido por todos.

Los trabajos realizados por los alumnos de Griego de primero de Bachillerato son una pequeña reflexión sobre los personajes, dioses y hombres,  que participaron en la guerra de Troya. A veces se han alterado algunos detalles, pero no se ha perdido su esencia, pues salvando las distancias, los mitos nos cuentan historias profundamente humanas. 

 

 paris

 

Mi nombre es Paris, bueno, aunque también me llaman Alejandro. Soy hijo de Príamo y de Hécuba, reyes de Troya. Mis padres me abandonaron nada más nacer debido a que mi madre tuvo un sueño en el que ardería Troya y mi hermanastro les aconsejó que me dejaran en el bosque. Agelao, un criado de mis padres me llevó al Monte Ida donde iba a ser abandonado, pero en el último momento se sintió culpable y decidió cuidarme como si fuera un hijo.

     En el bosque conocí una ninfa muy bella llamada, Enone, de la cual me enamoré y estuve varios años con ella. Pero todo se acabó cuando Hermes, el dios mensajero, me hizo llegar un mensaje según el cual tenía que elegir a la diosa más bella. Le pregunté que por qué tenía que elegir yo, pero solo me dijo que así lo había decidido Zeus. Resignado y con un poco de temor me dirigí al punto donde me había citado Hermes. Cuando llegué  me encontré a las tres diosas: Hera, Atenea y Afrodita. Cada una de ellas me prometió una cosa a cambio de que la eligiera. Finalmente me decanté por Afrodita ya que me había prometido entregarme a Helena, la mujer más bella de la tierra, aunque luego mi decisión desencadenaría la Guerra de Troya.

    Tomada mi decisión decidí partir a la ciudad para obtener mi recompensa: la mujer que más deseaba, Helena. Cuando llegué a Troya fui muy bien recibido, pues dije que era hijo del rey Príamo. Una vez dentro de palacio me reuní con mi padre y este me dijo que debía de ir a Grecia, pues  tanto Menelao como mi padre estaban intentando estrechar relaciones por intereses comerciales, ya que Troya está en una posición comercial perfecta. A mí me parecía una gran oportunidad de conquistar a Helena y además “como tenía la ayuda de la diosa Afrodita” me resultaría más fácil. Acepté la propuesta de mi padre y al día siguiente emprendimos el viaje hacia Grecia.

    Durante los siguientes dos años, que es lo que tardamos en llegar a Grecia, me había estado imaginando cómo sería Helena en persona. ¿Sería amable o antipática? ¿Igual de bella que me la había imaginado o más todavía? Pero sobre todo pensaba en una cosa ¿aceptaría venirse conmigo a Troya? Era difícil ya que era la mujer de Menelao, rey de Grecia, y no iba precisamente allí para enemistar a Grecia y Troya sino todo lo contrario, pero, claro, si Helena se enamoraba de mí, él no podría hacer nada, debería aceptarlo.

    Llegamos a palacio y enseguida me reuní con Menelao, un hombre viejo y la verdad que poco atractivo. Enseguida pensé que cómo podía Helena haberse casado con él. Terminada la reunión salí fuera a tomar un poco el aire, pues la reunión se había alargado más de lo previsto. Entonces fue cuando vi a Helena, iba vestida con un vestido blanco precioso que combinaba a las mil maravillas con su piel pálida y su cabellera rubia que le llegaba más o menos a la altura de los hombros. Era más hermosa de lo que había imaginado. Sin dudarlo un instante fui hacia ella, que se encontraba regando unas flores del jardín. Le toqué un hombro suavemente y ella se asustó, le pedí perdón enseguida, pues no era mi intención asustarla. Cuando se giró me clavó la mirada, aquellos ojos color esmeralda eran los más bonitos que había visto jamás. Después de varios segundos en los que ninguno decía nada, decidí presentarme. Ella me invitó a pasar dentro, pues ya era de noche y empezaba a hacer frío. Tras varias horas charlando en su habitación, un criado de Menelao entró y le informó de que su esposo iba a emprender un viaje que duraría un par de semanas. Helena se despidió de mí y acto seguido me fui a mis aposentos, aquella noche había sido la mejor de mi vida.

    A la mañana siguiente bajé a desayunar al salón del palacio donde se encontraba Helena con un largo camisón de seda. Nada más verla se me iluminó la cara al igual que le pasó a ella. Vino hacia mí corriendo. Y nuestros labios se juntaron, fue el beso que más disfruté en toda mi vida. Enseguida le dije que se viniera a Troya conmigo y no tardó ni dos segundos en aceptar y subir hacia su habitación para coger sus cosas. Una vez solo en el salón, Afrodita se me apareció y me dijo que ya no estaban en deuda, yo le di las gracias y su imagen se esfumó cuando Helena bajaba las escaleras. Aquella noche partimos a Troya, aprovechando que Menelao no estaba.

    Pasaron otros dos años hasta que llegamos a Troya y nada más llegar mi padre me informó de la declaración de guerra que había enviado Menelao. No me lo podía creer, aunque sabía que lo que habíamos hecho Helena y yo tendría consecuencias, nunca imaginé que sería una guerra.

    Durante los siguientes diez años estuve luchando contra los griegos, aunque mi padre no quería, pues decía que no estaba preparado, pero yo debí ir ya que Aquiles, el guerrero más fuerte de Grecia, había matado a mi hermano Héctor. Quería venganza y la conseguí. Una tarde los griegos hicieron un regalo para los troyanos, un caballo de madera enorme con el cual querían sellar la paz, pero en realidad era una estrategia para destruir Troya, matar al ejército troyano y esclavizar a las mujeres y los niños. Y así sucedió, una vez entrada la noche los griegos salieron del caballo y atacaron la ciudad. Era horrible. Miles de personas yacían en el suelo agonizando o sin vida. Yo recorría las calles en dirección al palacio, donde estaba Helena, debía asegurarme de que estaba bien. De camino me encontré con Aquiles, nos desafiamos con la mirada y el lanzó un cuchillo hacia mí. Lo esquivé. Y acto seguido le lancé una flecha con dirección a su talón, pues había oído que era su punto débil. La flecha le dio y segundos después  Aquiles yacía muerto sobre el suelo, pero no me paré a contemplarle ya que debía de ir en busca de Helena. Una vez llegué a palacio  fui directo a su habitación y la encontré escondida debajo de la cama. Le expliqué lo que sucedía y nos marchamos de la ciudad.

    Estuvimos varios meses sin vivir en un lugar fijo, hasta que encontramos una aldea humilde donde fuimos muy bien recibidos. Un año después de instalarnos en la aldea, tuvimos a nuestro hijo Alcides. Formamos una familia y hoy en día Helena y yo seguimos igual de enamorados que cuando nos vimos por primera vez en aquel jardín.

Paula Asencio

Electra

INTRODUCCIÓN

 

Los mitos nos cuentan de una forma simbólica las historias de personajes extraordinarios cuyas actuaciones son  ejemplo y enseñanza para quienes  ya no pueden participar del  pasado glorioso en que se desarrollaron aquellas aventuras.

Los mitos griegos  tienen además la peculiaridad de no estar incluidos en un libro sagrado por lo que, a lo largo de toda la historia, se han reinterpretado en el arte, la literatura y otros campos del saber como un código bien conocido por todos.

Los trabajos realizados por los alumnos de Griego de primero de Bachillerato son una pequeña reflexión sobre los personajes, dioses y hombres,  que participaron en la guerra de Troya. A veces se han alterado algunos detalles, pero no se ha perdido su esencia, pues salvando las distancias, los mitos nos cuentan historias profundamente humanas. 

 

 electra

 

 

Mi nombre es Electra. Soy hija de Agamenón, rey de Troya. Mi madre es Clitemnestra, hermana de Helena y mi hermano Orestes.

Mi madre perdió la esperanza de que mi padre volviese de la guerra muy pronto, lo que me hizo sospechar de Egisto, que solía venir a casa muy frecuentemente. Un día decidí espiarles para saber qué hacían. Lo vi todo. Mi madre se estaba acostando con él. Asustada decidí ir a la cocina y tomar agua para poder tranquilizarme. No me lo creía. Sospecho que me pillaron, ya que el comportamiento de los dos cambió por completo, disminuyeron sus visitas sexuales.

Recuerdo perfectamente aquel día. Mi padre había llegado triunfante de la guerra. Me asusté mucho porque mi madre no aparecía, suponía que estaría con Egisto y, la verdad, no quería que mi padre se enterase de esa manera, así que decidí distraerlo con mi hermano y golpear la puerta para que este se fuese. Un día salí al mercado a comprar y cuando volví vi a mi padre tendido, desangrado. Ya no sabía qué hacer.

Quería venganza, pero no quería involucrar a mi hermano, así que confié en un amigo mío y él se lo llevó hasta que todo pasara. A Egisto le convenía mantenerme viva y en silencio.

Me mantuve pensando mi venganza mucho tiempo, tenía que ser calculadora y fría. Un día lo intenté, me acerqué a él por la espalda, pero lo intuyó y se giró, yo solo sonreí y me fui.

Días después estaba en mis aposentos leyendo un libro cuando, de repente, mi vista se centró en mi amigo, Octavio que se dirigía hacia mí. Cuando estuve lo suficientemente cerca vi una caja que sostenía con las manos. Le miré con un montón de dudas rondando por mi cabeza, esperando que no fuera lo que más temía. Efectivamente, esa caja dorada con relieve de unas flores azules, contenía las cenizas de mi hermano Orestes.

A continuación, mi madre apareció en mi campo de visión no pasaba por alto la feliz sonrisa que tenía en su rostro. No comprendía por qué estaba tan feliz. Su hijo había muerto.

Una noche, yendo para mi habitación oí un sonido, era ¡Orestes! No me lo podía creer, fue lo mejor que me había pasado en estos años tan nefastos. Me hizo una señal de silencio, pero yo no me podía contener y en ese momento mi madre se despertó y se dirigió a mi aposento, por lo que tuve que esconder a mi hermano en el armario. Me hice la dormida como si nada hubiese pasado, pero estaba contenta.

Cuando encomendé a mi hermano a Octavio era muy pequeño y apenas le pude dar explicaciones, así que decidí contarle todo lo sucedido mientras él no estaba. Una vez hecho se puso furioso. No se imaginó nunca que su padre hubiese muerto de esa manera tan fría, nunca le había visto en su mirada tan tierna unas lágrimas de impotencia, como si tuviese sed de venganza. Poco después me lo confirmó, quería planear un asesinato doble, aun así, el seguiría queriendo a su madre, pero no podía perdonarle tal traición.

Mi hermano no quería que yo estuviese a la hora del terrible crimen, pero yo decidí estar por si las cosas se complicaban. Estaba preparada para todo. El gran día llegó, era un domingo y como de costumbre íbamos al cementerio a cambiar las flores y a saludarlo. Fue especial ya que sabíamos que por fin íbamos a honrarle. Todo ocurrió así, era de noche Egisto y madre estaban juntos en su habitación. Mi hermano sostenía un cuchillo, Egisto estaba encima de mi madre, mi hermano se acercó sigilosamente por la espalda sin que se dieran cuenta. A mi hermano no le tembló el pulso, lo cogió del cuello y se lo pasó de lado a lado, empezó a desangrarse rápidamente. Vi la cara de mi madre. Estaba realmente asustada y no sabía qué hacer, se abalanzó hacia mi hermano para quitarle el cuchillo, pero no lo consiguió y mi hermano, con lágrimas en los ojos, la apuñaló hasta que se cansó. Una vez cometido el asesinato me acerqué a mi hermano y por fin fuimos felices. Era hora de recogerlo todo.

Años después tras los hechos acaecidos, mi hermano fue arrestado. Cuando él forcejeó con mi madre, se cortó con la mala suerte de que en la ropa interior que llevaba ese día mi madre le cayó una gota de sangre de él, así que sin poder hacer nada fue condenado a muerte. Me quedé sola en la vida, entre en depresión y caí en el alcohol.

Pasados los años, una vez recuperada de la muerte de mis seres queridos encontré el amor, se llamaba Cyrano. Él me comprendía muy bien, sabía todo lo que yo había pasado y por ello me enamoré de él. Tuvimos tres hijos llamados Dasha, Diacono y Delbin, eran extremadamente tiernos. Por fin tuve la oportunidad de ser feliz.

         

Anggie Escobar

Apocalipsis

sonar zombies de lejos 

 

Los relatos de muertos vivientes son siempre populares entre los jóvenes que disfrutan con esos seres que pueblan sus pesadillas más aterradoras. Para ilustrar cómo la narrativa de tintes góticos, armas nucleares y días de instituto se pueden combinar en un solo relato, aquí os ofrecemos una muestra de esa narrativa basada en estos tres elementos.

Un diario, que se dilata a lo largo de veintiséis años, sirve para recrear un panorama visionario en el que la muerte y la destrucción entre seres humanos, no tiene punto final, sino que, como en un bucle, se repite y se repite y se repite…

¿Sueño o visión de futuro? Tan sólo una recreación de la APOCALIPSIS con tintes modernos y juveniles, pero sin trompetas del Juicio Final ni arcángeles de cuerpos traslúcidos y brillantes.

 

 

APOCALIPSIS

01 de diciembre de 2040.

Hace 26 años, el 01 de diciembre de 2014 día sucedió algo terrible: una bomba bacteriológica asoló Rivas, causando terribles consecuencias. Los campos fueron destruidos, ennegrecidas aguas, los animales y los seres humanos se transformaron en seres extraños que devoraban a los supervivientes.

Mi nombre es David Franco y junto con mi compañero Álex, sobrevivimos en esta ciudad caótica.

 

01 de diciembre de 2014 - Hora.12: 45

Era por la mañana y yo estaba en la clase de matemáticas, adormilado. De repente un ruido ensordecedor se escuchó. Todos corrimos hacia la ventana para ver qué pasaba, pero todo lo que vi fue una enorme nube de color amarillo que se dirigía hacia nosotros. Al verla, corrí a avisar a mis tres compañeros de clase más conocidos y corrimos por el pasillo. No pudimos abrir la puerta de la calle, pero lo vimos como una muerte segura. Nos fuimos y nos refugiamos en el gimnasio, ya que estaba vacío, cuando Fran, Ángel, Cristóbal y yo nos encontramos dentro a Álex. Hablamos con él, y nos dijo que había tenido la misma idea que nosotros. Ángel se ofreció a salir y ver si al final había pasado algo, pero tratamos de convencerle para que no saliera. Al final lo dejamos ir. Al salir, la nube se tragó a Ángel y cerramos la puerta a toda velocidad.

 

Hora.13: 00

Había pasado un tiempo desde la desaparición de Ángel en la nube y en ese momento escuchamos un ruido que provenía del otro lado de la puerta. Nos acercamos con cautela a la puerta. Cristóbal estaba armado con un pedazo de madera que había conseguido al romper uno de los bancos. Al abrir la puerta, vimos Ángel transformado en una especie de zombi de cuya boca rezumaba sangre. Al vernos, se abalanzó hacia mí, pero, por suerte, pude rechazarlo de una patada y, mientras Ángel estaba aturdido por la caída, Cristóbal le ensartó con el trozo de madera y lo mató.

 

Hora.13: 10

Finalmente decidimos irnos. Cuando se disipó la nube, improvisamos un ataúd con unas combas y un banco del gimnasio para poder llevarnos a Ángel para enterrarlo después. Dejando atrás el gimnasio, entramos en silencio en el vestíbulo. Por los pasillos se perdían los ruidos de alumnos y profesores transformados. Abrimos la puerta con cuidado para que no se nos escuchara, y al llegar al aparcamiento pensamos en coger prestado uno de los coches de los profesores. Nos decidimos por el coche de Felipe y nos alejamos de ese lugar. Pasamos por una tienda de armas para prepararnos. Álex tomó dos espadas y una pistola; Fran tomó una ametralladora pesada y explosivos; Cristóbal tomó un hacha y dos rifles y yo cogí una katana, un rifle de francotirador y una escopeta. Cuando terminamos de prepararnos, fuimos a la Laguna del Campillo para enterrar a Ángel como se merecía.

 

Hora.14: 20

Pensamos en quedarnos allí a comer y a estudiar cómo íbamos a hacer frente a este problema, y pronto decidimos inspeccionar la ciudad en busca de algún superviviente más. Nos dividimos en dos grupos: Álex y yo, y el otro equipo de Fran y Cristóbal. Nos comunicábamos a través de un transmisor que encontramos en el bosque, que habían perdido unos excursionistas que se habían transformado después de la explosión.

 

28 diciembre de 2014 - Hora. 16:30

Había pasado casi un mes y mi grupo no había encontrado a nadie. Hacía mucho tiempo que no recibíamos noticias del otro, así que decidimos advertirles, por lo que nos íbamos a reunir para celebrar el Año Nuevo.

Estábamos en la biblioteca de Rivas. Allí no solía haber muchos “Transformados”, así que entre Álex y yo la limpiamos rápidamente. Al terminar, Cristóbal llegó sólo con una bolsa en la espalda con algo dentro, y pensamos que no podía ser verdad. Cristóbal, con los ojos llenos de lágrimas, dejó la bolsa en el suelo. Al abrir la bolsa lo vimos; allí estaba el cadáver decapitado de Fran, inerte.

Cristóbal nos dijo que, mientras hacían la búsqueda de personas en los pisos del barrio de la Luna, surgió de un mueble un transformado que estaba en el suelo y mordió a Fran. Después de unos días toda la piel de alrededor de la herida se puso en negra y contaba que le entraban ataques epilépticos hasta que un día que estaban descansando en uno de los pisos, Fran se empezó a retorcer de dolor y, cuando Cristóbal acudió en su ayuda, ya era tarde. Fran era uno de ellos e intentó atacar a Cristóbal, quien, por suerte, fue capaz de reaccionar a tiempo y cortarle la cabeza con el hacha.

 

Hora. 23: 45

Cuando terminamos de escuchar la historia, decidimos volver al mismo lugar donde habíamos enterrado previamente a Ángel y sepultamos a Fran a su lado. Más tarde volvimos a la biblioteca. Después de aquello no teníamos muchas ganas de celebrar nada, así que, en vez de celebrarlo con doce uvas, las celebramos con doce tiros. Nos subimos a la azotea y puse mi rifle de francotirador en un lugar desde el que disparar bien, así que nos turnábamos para disparar a doce “transformados” cada uno en honor de Fran y Ángel. Así fue todo: cumplimos con los doce.

 

Hora. 00: 15

Después de esa extraña celebración, nos fuimos a dormir a la sala de la biblioteca.

 

Hora. 10: 30

A la mañana siguiente, nos despertamos rodeados de soldados armados que nos estaban apuntando. Nos llevaron a un camión y no respondieron a ninguna de nuestras preguntas. Fuimos a un extraño complejo subterráneo, que está al lado de la Cañada Real, y nos metieron en una cámara llena de “Transformados” muertos. Oímos algo de que iban a matarnos. Afortunadamente, Cristóbal había salvado uno de los explosivos del cadáver de Fran antes de que lo enterraran. Cristóbal pegó el explosivo a una de las paredes y lo activo. Al pulsar un botón el explosivo abrió una enorme brecha en la pared y algunas alarmas se dispararon. Corrimos por los pasillos hasta que llegamos a una habitación donde estaban nuestras armas, las cogimos y salimos de allí, pero cuando estábamos a punto de salir, apareció un pelotón de soldados que intentaron detenernos y rodearnos. Después de haber terminado con algunos de ellos, empezamos a correr hacia Rivas, pero a punto de llegar, Cristóbal recibió un disparo en el centro de la cabeza que lo mató.

 

Hora. 11: 30

Volvimos por tercera vez al lugar donde fueron enterrados Fran y Ángel y, llenos de dolor, sepultamos a Cristóbal. Álex y yo pensamos qué iba a ser de nosotros ahora que estábamos solos en esta ciudad apocalíptica, porque no sabíamos qué hacer.

 

01 de diciembre de 2032-Hora.16.30

Habían pasado dieciocho años desde el día de los hechos y Álex y yo ya tenemos treinta y dos años. Hemos terminado de limpiar de transformados algunas calles de Rivas y al final regresamos a donde todo comenzó: el Instituto. Yo cogí una lata de gasolina y un mechero y nos dirigimos hacia él. Entramos en el vestíbulo en silencio; fuimos de la primera a la tercera planta para limpiarlas de “transformados” y luego llegamos al patio, al salón de actos y al gimnasio, que nos trajo muchos recuerdos de lo que pasó. Todavía, en el suelo, había sangre Ángel y algunas astillas de madera del banco que se rompió. Al vaciar todo de transformados, fuimos a la sala de profesores, a la que todos los maestros fueron después de la transformación; rompimos la puerta de una patada y, a base de disparos y espadazos la vaciamos de profesores, aunque lloramos la muerte de algunos de ellos.

 

Hora. 18: 00

Hicimos una montaña con todos los cadáveres de profesores y alumnos en la pista de fútbol, pero mientras lo estábamos haciendo, nos dimos cuenta de que le faltaba uno, Ignacio de Física y Química. Le dije a Álex que continuara acumulando cadáveres, al tiempo que yo lo buscaba. Me fui al laboratorio y lo encontré bebiendo productos químicos. Primero me amenazó dando un grito ensordecedor mientras escupía sangre y después se lanzó hacia mí. Desenfundé mi katana y le partí el cuerpo en dos. Después me llevé su cadáver para echarlo a la montaña que Álex había terminado, vacié el bote de gasolina dentro y le prendí fuego como al resto de los muertos de la ciudad. En unos minutos la montaña estaba en llamas y así los transformados no se extenderían si alguien pasaba por allí.

 

Hora. 18:40

Terminamos de ver cómo ardía la montaña sin decir palabra, ya que sabíamos que, si decíamos algo, romperíamos a llorar. Nuestras casas, familias, amigos, todo lo que teníamos había quedado hecho añicos y sin saber quién era el responsable de ello.

Álex se levantó y las lágrimas empezaron a correr por su cara por lo que yo me tuve que contener para no llorar también. Álex salió corriendo, le perseguí hasta donde pude, pero hubo un momento en que lo perdí de vista. Por los pasillos sólo se oía su llanto haciendo eco entre las paredes, por las clases manchadas de sangre. Después de buscarle durante un rato, lo encontré sentado, llorando frente a su móvil que, cuando me acerqué, vi que estaba mostrando una foto de Cristóbal, Fran, Ángel, Álex y yo juntos. Me contó que los echaba mucho de menos a todos. Decía que le daba mucha pena lo que le había pasado a la ciudad. En ese momento yo le hice la promesa de que encontraríamos a los que lo habían hecho y le haríamos pagar por lo ocurrido.

 

Hora. 19:20

Fuimos a la tienda de la cual habíamos sacado las armas hace dieciocho años atrás y pudimos reabastecernos de todo y coger algunas cosas nuevas como granadas, lanzamisiles, cuerdas, chalecos antibalas y algún traje antidisturbios de la comisaria. Emprendimos el camino hacia la base militar donde murió Cristóbal para comprobar si sabían algo.

 

Hora. 20:00

El sol se ponía en el horizonte mientras nos acercábamos a aquel lugar salido de las mismísimas entrañas del infierno. Según nos acercábamos, se notaba en el aire el olor de los cuerpos de los soldados que matamos el día anterior en plena putrefacción.

Allí estaba un campo repleto de cadáveres y un agujero que llevaba al interior de la base. El olor era insoportable, pero no más que los recuerdos. Álex me tiró al suelo y me susurró que agachara la cabeza, porque delante del agujero. Resguardado en las sombras, había un grupo de militares en un nido de ametralladora que disparaban a cualquier cosa que se atreviera a moverse por esos alrededores.

Álex sacó una granada de su mochila y consiguió colarla dentro del nido, haciendo volar en pedazos a los militares que allí estaban, aunque hizo mucho ruido. Según llegaban los soldados, los íbamos haciendo retroceder, e iban cayendo uno a uno hasta que, al final, sólo se oía una voz que decía: “Vienen a por el sargento. ¡Escondedlo en la cámara blindada!”.

Llegamos hasta la cámara bajando unas escaleras de caracol y allí nos encontramos con un portón descomunal de acero y, desde una ventana antibalas estaba el sargento riéndose, pero lo que él no sabía es que no podía pararnos. Pegamos explosivos en la puerta hasta rodearla. El sargento empezó a sudar mucho y dijo:

-          Si hacéis eso, vosotros también moriréis.

Lo que él no sabía es que a nosotros no nos daba miedo la muerte. Al ver que no nos inmutábamos, se acercó al portón y ordenó que lo abrieran. Al entrar, matamos a los soldados que lo acompañaban. Conseguimos que el sargento nos contara quién había hecho todo esto, y solo nos dijo un nombre: John Bush. Álex y yo estábamos desconcertados: John Bush, el antiguo Presidente de Estados Unidos.

 

Hora. 20:30

Obligamos a subir al sargento a una silla, le atamos una cuerda al cuello y, antes de salir, íbamos a empujar la silla, pero el sargento dijo:

-          Espero que lo encontréis.

Al salir de la base, nos encontramos con un ejército de soldados, helicópteros y tanques. La derrota y la muerte se cernían sobre nosotros.

 

David Franco Acero.

 

El crepúsculo y la espada

Los relatos de ficción, si se ambientan en mundos maravillosos, poblados de seres fantásticos y con motivos tan populares como el poder, la lucha entre el bien y el mal, o la venganza siempre han atraído a los jóvenes adolescentes y a los no tan jóvenes.

Aquí os presentamos una narración que cuenta con todos estos ingredientes, pero en la que el dilatado paso del tiempo convierte al protagonista en un ser ambicioso que se prepara para cumplir su único deseo: la venganza.

 

 

 

EL CREPÚSCULO Y LA ESPADA

 

 

Antes de la misma creación del universo había dos grandes guerreros: el Señor del Crepúsculo, con su espada capaz de controlar el tiempo; y el dios Sol, con su espada llameante. Los dos se batieron en duelo por el control de la Vía Láctea.

Después de una lucha encarnizada, el Señor Crepúsculo cayó y su espada se perdió en el espacio y con ella el Crepúsculo. El dios Sol tomó el control de la Vía Láctea.

Un día, Gromlu, un niño tranquilo, hijo de los enanos de las montañas, con padre herrero llamado Hogtalu y madre panadera llamada Frigagta, paseaba por un campo de verdes castaños y gran cantidad de fauna.

De repente, se encontró con unas puertas con runas extrañas. Al poner la mano en las runas, la puerta hizo un gran estruendo mientras se abría. Gromlu entró fascinado por el hallazgo que había hecho, las paredes estaban llenas de runas antiquísimas y en el centro de la sala un pergamino. Ese pergamino contenía la clave para encontrar la espada del Señor del Crepúsculo y a su respectivo dueño y devolver el crepúsculo a la tierra de Trogenler. Al acercarse al pergamino, Gromlu empezó a notar una presencia extraña y de repente se oyó una voz desde la oscuridad que decía: “Vete, vete o te verás involucrado en una guerra que no puedes ganar”.

Al oír esa voz, Gromlu se despertó de un salto, salió a toda prisa de su casa y se fue corriendo a casa del mago del pueblo al entrar en la casa del mago vio a Craggar el Mago. Según llegó, le contó la historia que había soñado al oírla. Craggar se exaltó, corrió a la estantería y cogió un libro con runas. Al verlas, Gromlu recordó las de su sueño y vio que coincidían, Gromlu se quedó sin habla durante unos. Craggar abría el libro a la velocidad del rayo y, después de pasar varias hojas, encontró una página extraña, con un dibujo de dos guerreros antiquísimos peleando. Al llegar a ese dibujo, Craggar empezó a contarle a Gromlu la leyenda del dios Sol y el Señor del Crepúsculo. Después de un rato contando la historia, finalizó y Craggar sólo añadió una oración más: “Quién quiera que sueñe con el Pergamino Sagrado, será el elegido”.

 -El elegido, ¿para qué?- preguntó Gromlu.

 -Para recuperar la espada del Señor del Crepúsculo y así devolver el  crepúsculo a Trogenler- respondió Craggar.

 -Crepúsculo, ¿qué es eso?- preguntó Gromlu, extrañado.

 -Pronto lo descubrirás. -Respondió Craggar con tono misterioso.

Cuando terminaron de conversar, Craggar tiró delante de Gromlu el baúl. Era antiguo, estaba lleno de polvo y, por alguna extraña razón, brillaba.

Al abrir el baúl salió una nube de polvo que envolvió toda la sala. Un rayo de luz salió del baúl, disipó el polvo y la luz no se podía mirar. De repente la luz se apagó y salió una pequeña bola de zormio. Craggar le explicó a Gromlu que, en caso de que estuviera en peligro, gritara “Kragtarog” y la bola te ayudaría.

 -¿Cómo?- preguntó Gromlu.

 -Descúbrelo.- respondió Craggar sonriendo.

A esa hora ya estaba amaneciendo y Gromlu corrió a su casa para que sus padres no se dieran cuenta de que se había ausentado en mitad de la noche.

 Al llegar a su hogar, vio que sus padres no estaban. Fue raudo a buscar a su madre a la panadería y no la encontró. También fue a buscar a su padre a la herrería, pero no estaba. Al salir de allí, Gromlu se encontró con un grupo de Habskuknianos, unos seres de las profundidades de la tierra, cubiertos de rocas y con grandes espadas de piedra.

 -¿Qué queréis?- les preguntó Gromlu atemorizado.

 - Ven con nosotros.- contestaron los Habskuknianos.

En ese momento, Gromlu salió corriendo preso del miedo. Cuando se dio cuenta de ello, vio que estaba otra vez en la herrería y que el grupo de Habskuknianos le pisaba los talones. En un alarde de valor Gromlu cogió una espada de la herrería y peleó con los Habskuknianos, consiguió derrotar a uno, cortándole la cabeza, al ver que no podía con los otro tres. Uno del grupo le tiró la espada y le dejó desarmado ante esa situación Gromlu recordó la bola que le dio Craggar, la sacó de su bolsillo, la levantó y gritó “Kragtarog”. El silencio se apoderó de ese momento. La bola soltó un rayo de luz que cegó a los Habskuknianos y un rugido ensordecedor, y con el segundo, de la nada apareció una bestia parecida a un lobo, de color azul, con un tamaño colosal y con pinchos por todo el cuerpo.

Kragtarog atacó a los miembros del grupo, cogió a uno de ellos y lo zarandeó con la boca hasta desmembrarlo, a otro le atravesó con sus pinchos y el tercero, ya que Gromlu no sabía que los Habskuknianos podían controlar la piedra. El último del grupo invocó un conjuro extraño.

La tierra empezó a temblar y el Habskukniano empezó a absorber piedra del suelo y se convirtió en un golem de piedra enorme.

Kragtarog y el golem empezaron a pelear. Kragtarog intentó clavarle sus pinchos al golem, pero no pudo hacerlo ya que estaba hecho de piedra.

Mientras tanto, Gromlu observaba la pelea desde la ventana de la herrería de su padre.

Kragtarog, al ver que sus ataques eran en balde contra el golem, abrió sus fauces y del interior de su boca salió un rayo que atravesó al golem. El golem, al estar vencido, se le cayeron las piedras. Gromlu salió de la herrería y vio encima del montículo de piedra el cuerpo del Habskukniano con un agujero enorme en el pecho producido por el rayo.

Al oír tal combate, las autoridades de Trogenler acudieron a la escena del combate. Cuando Gromlu veía que se acercaban, se subió a lomos de Kragtarog y salieron raudos de la ciudad hasta llegar a una gran llanura. Al bajar de Kragtarog, Gromlu se fijó en que tenía una nota clavada en uno de los pinchos y empezó a leerla.

En ese momento, se dio cuenta de que esa nota pertenecía a uno de los Habskuknianos que Kragtarog había matado y de que era una nota del dios Sol. Se quedó sorprendido al ver que había mandado a ese grupo a matarle solo por haber tenido un sueño de lo más extraño.

Al anochecer Kragtarog se volvió a meter en la bola a descansar de la pelea y Gromlu volvió a su casa. Al abrir la puerta de su casa, se encontró a sus padres desmembrado, colgados con cuerdas al techo y el suelo ensangrentado. Gromlu montó en cólera, abandonó la ciudad y no se le volvió a ver hasta que pasaron diez años y volvió convertido en el guerrero mejor entrenado y más despiadado de todo Trogenler.

Volvió a casa de Craggar el Mago para pedirle que le contara dónde se escondía el dios Sol para ir a buscarle y matarle. Craggar le contó que el dios Sol vivía en la Cueva de Borjender y además allí tenía la espada y la armadura del Señor del Crepúsculo.

Al oír eso, Gromlu se encaminó hacia la cueva. Pasaron dos días hasta que llegó. Al llegar a la entrada de aquel lugar Gromlu, sintió un calor terrible que provenía del interior. Al entrar, se encontró con un río de lava delante de él, del cual salían Habskuknianos cubiertos de lava. Gromlu sacó su hacha de Krogtonglio y se peleó con ellos. Los venció sin problema, pero recibió algunas heridas por culpa de la lava y continuó por la cueva. Entró en un pasadizo totalmente oscuro. Lo único que veía era una pequeña luz al final. Cuando llegó hasta ella, se encontró al dios Sol rodeado por sus secuaces y al final de la sala, en un rincón, divisó una piedra enorme y transparente con la espada y la armadura del Señor del Crepúsculo en su interior.

 -¿Qué haces aquí?- le preguntó el dios Sol.

 -He venido a matarte y a por la espada- respondió Gromlu con decisión.

El dios Sol se rió burlonamente, mientras mandó a sus secuaces furjonianos, unos seres de agua parecidos a espectros. Gromlu, al intentar defenderse contra ello, falló, ya que eran intangibles. Gromlu recordó que en esos diez años había aprendido algo de magia, gracias a Craggar.

Mientras veía cómo volvían a por él, Gromlu cerró los ojos y pronunció unas palabras extrañas e inmediatamente se formó debajo de los furjonianos un sello mágico que consiguió encerrarlos en una bola de aura.

Al ver eso, el dios Sol se levantó de su trono, desenvainó su espada llameante y anduvo hacia Gromlu. Cuando el dios Sol se acercaba, Gromlu corrió hacia la piedra donde estaban la espada y la armadura y, con su hacha, golpeó la piedra intentando romperla. Al ver que es en vano, el dios Sol soltó una carcajada mientras decía con un tono de superioridad:

 -Iluso, esa piedra solo puede romperla un dios.

Gromlu se quedó parado ante la piedra. El dios levantó su espada y la movió a toda velocidad. En ese momento Gromlu se apartó y el dios, por error, rompió la piedra. Mientras el dios se lamentaba por lo que había hecho, Gromlu se puso la armadura, cogió la espada y gritó. Kragtarog, la bestia, vuelve a aparecer y el dios Sol invoca de la nada un dragón de fuego.

Gromlu y el dios se enzarzaron en una batalla junto con Kragtarog y el dragón de fuego en otra. Gromlu le cercenó un brazo al dios y cuando se resentía por sus heridas, Gromlu le clavó la espada en el pecho. Mientras tanto Kragtarog le arrancó la cabeza al dragón con sus fauces. Después de su muerte, las llamas de ambos enemigos se disiparon. Gromlu divisó el Pergamino Sagrado en el trono del dios Sol.

Al salir la cueva se derrumbó y Kragtarog volvió a la bola. Al día siguiente Gromlu buscó el templo de su sueño para guardar el pergamino a buen recaudo, y él se convirtió en el nuevo Señor del Crepúsculo, ya con la muerte de sus padres vengada y la paz y el crepúsculo devuelto a Trogenler.

David Franco.

Sobrevive

Capítulo 1.  Sólo dos días.

 

John murió hace dos meses en Denver, Shawn hace un mes en Chicago, Thomas hace tres días en Sacramento, Wade, justo ayer en el Refugio, unas horas después de ser atacado en Nueva York.

Solamente quedamos cien, tal vez menos.

(***)

     Estoy tumbado en el suelo, de cara a la pizarra de la Vivienda; en ella, habrá apuntados unos doscientos nombres, pero yo, solamente me fijo en el de Wade. Me levanto del suelo, me sacudo un poco el polvo de los pantalones; agarro el borrador de la pizarra y lo desplazo por el nombre de Wade. Dejo el borrador en el suelo y cojo una tiza. Pensándolo varias veces, pongo el nombre de Wade en la esquina inferior derecha, la Esquina de los Difuntos. Termino de escribir el nombre y tiro la tiza al suelo.

Estoy a punto de pasar a la Vivienda, cuando detrás de mí, escucho a Anthony.

- Hola James, ¿qué tal? – me pregunta Anthony.

- Bueno... ¿y tú? – le respondo.

- Ahora que me acuerdo, te tengo que decir dos cosas.

- Dime.

- Primero, Wade ya está en el Apilatorio.

- Vale, luego iré.

- Y segundo, ¿te ha llegado ya la paga?

- No, aun no. Luego iré a preguntar a Steve.

- Muy bien. Yo ahora voy a Los Recursos, ¿vienes?

- No, voy a tumbarme un rato.

- Vale. Hasta luego.

- Adiós.

     Antes de entrar en la Vivienda, hecho un vistazo a el Descampado. Todos, tienen la cara triste; ellos han perdido un líder, yo he perdido un hermano.

          Paso a la Vivienda con lágrimas en los ojos, pero me los seco al llegar a mi habitación, voy a tumbarme un rato.

(***)

Llevo media hora tumbado y aun no ha venido Steve con noticias de mi paga. Me levanto de la cama y salgo de mi cuarto. En el pasillo están Harry y Charlie, los más pequeños de este lugar. Los saludo y salgo al Descampado. Veo el camino que lleva hacia los Mensajes y no veo a Steve viniendo por él, todos están en sus labores, los Aguadores ahí están, pescando en el rio. Los Cazadores, les escucho gritando a por algún animal. Los Agricultores, aquí están, plantando verduras y frutas. Y los Mensajeros, sólo veo a Mark y Carl. Ni rastro de Steve.

Me acerco a Mark y Carl y comienzo a hablarles:

- Hola chicos, ¿sabéis algo de Steve?

- No. – responde Carl.

- Yo sí. – responde Mark.

- Carl, vete un segundo, voy a hablar con Mark.

- Vale. – responde Carl.

- Bueno Mark, ¿dónde está Steve?

- Me dijo por la mañana que iba a recoger un paquete.

- Nunca tarda tanto tiempo, ¿dónde está ese paquete?

- Me ha dicho que ha caído sobre los Descensos.

- Vale, gracias.

Salgo corriendo a Los Recursos, en busca de Anthony. Él y yo, somos los únicos que conocemos todo esto sumamente bien para saber ir, y saber volver con vida de los Descensos.

Llego a Los Recursos y cuando quiero darme cuenta, ya esta atardeciendo, pero aun así. Hay que ir a por Steve.

- Hombre James, cuánto tiempo. – me comenta Anthony.

- No hay tiempo, Steve se ha podido perder en los Descensos.

- Te acompaño, vamos.

Salimos corriendo de Los Recursos y nos dirigimos a los Descensos, cinco kilómetros pasando por el bosque de los Cazadores. Debemos tener cuidado, están tan locos que se pueden llegar a pensar que somos animales. Cuando estamos en el medio del bosque, vemos a Steve con una caja pequeña en la mano. Steve, está agotado, tiene sudor por todo el cuerpo. Le cogemos entre Anthony y yo, mientras él sujeta esa caja que le ha llevado todo el día recuperarla. Nosotros, solo le llevamos a la Vivienda para que descanse.

Llegamos a la Vivienda agotados, dejamos a Steve en su cama y Anthony se va a su habitación. Yo, no me voy, me quedo al lado de Steve; él, está profundamente dormido y cansado así que le cojo la caja de las manos. La abro y miro que hay dentro, un papel. Miro lo que pone y empiezo a tener sudores fríos. En el papel pone:

SÓLO DOS DÍAS PARA LA SIGUIENTE.

 

Ryan Nithmann